El Periódico de los Zacatecanos
Miércoles 7 de Abril de 1999

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Hubo un "Aleph" zacatecano

Por María Dolores Bolívar

El aleph borgiano, urdido a partir de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada, no es otra cosa que la construcción alegórica del tiempo y del espacio, un punto clave donde confluyen imágenes reveladoras, como salidas del delirio de un mago fabuloso; elementos contundentes que transitan el momento fugaz de esa particular revelación. Así que, ariesgo de mostrarme como la más irreverente, construí para el tiempo mi propio aleph zacatecano, habitado por seres entrañables y dioses desperdiciados... un aleph, como tantos que ya intuyera Borges al decirnos "Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph".

Así que me dispongo a narrarles lo que yo vi en el mío, hallado en medio de la Avenida Hidalgo, en una de esas tardes que fueron escenario del Festival Cultural Zacatecano: noté que la ciudad se neonizaba a una hora anterior a las seis de la tarde y casi se puede decir que aferrados al reflejo que se proyecta desde la cantera, de por sí luminosa, los sistemas de sonido y las sillas fueron apareciendo en distintos escenarios. Entonces, desde un punto clave, ví a una mujer que se cortó un dedo y que en lugar de sangre despidió una luz.

Vi a un gran pintor zacatecano "errante" que me trajo desde Calabozos, Venezuela uno de mis muchos rostros extraviados; y sentí que con él la crítica, incluso la más inclemente, se revestía de lucidez, se encaminaba hacia algo. Vi a un funcionario prototípico que destilaba arrogancia y que hubiera sido sabio si se le ocurre recoger algunos de los espejos tirados para él, alrededor de él; y mientras, cantarines, los fantasmas de las primeras filas aguardaban la hora, siempre imprecisa, del comienzo.

Vi generosidades tan notorias a las que había que ponerles nombre, pero que aún despojadas del nombre hubieran permanecido en el lugar preciso de la generosidad. Vi a Jaime Humberto Hermosillo filmando una escena desde la barda de cantera más fiel al paisaje zacatecano y un sol que brilló para las cámaras que se congregaron ahí a pesar de que el teléfono siempre estuvo ocupado; Y vi como las cosas por su propio peso se acomodaban como podían, cada cual en su sitio. Vi tardanzas mayores a la tardanza habitual que nos achacan los detractores de nuestra cultura y privilegios tan grandes y poco usuales que retrasaron hasta el evento de gala en el teatro principal.

E imaginé que Héctor Bonilla era el gigante mítico actuante a pesar de las puertas abiertas y del ruido y de tanto invitado que llegó tarde y creyó ver en aquel momento inoportuno ocasión para el apretón de manos. Vi tradiciones que persisten, aún cuando todo dice que no deben persistir, pero que tercas se levantan orondas por encima de la más terca indiferencia. Vi a hombres y mujeres divorciados de la cultura oficial y empeñados en mostrar que la cultura somos todos, reconociéndose en su afán diario y recorriendo los lugares que habitualmente recorren; y admiré al público que se animó a salirse y por primera vez, en nueve meses, me alegré de que el teatro estuviera medio vacío.

Vi gestos de protesta donde todos miraban y lágrimas y asombro en los espacios de la oscuridad. Vi un sol resplandeciente y un viento arrasador que quería limpiar las malas sensaciones de tanto mal administrador. Vi gente por la calle, anhelante, esperanzada, y patrocinadores generosos que sin embargo aparecieron en el sitio y la hora en que su aparición era más bien presagio de horas negras en las que la cultura pasó a un segundo plano. Vi un cuerpo sin cabeza que se empeñaba en rescatar al barco del naufragio y todo transcurría, sin cámaras, a más de mil kilómetros del más cercano paisaje marino; y escuché los celulares sonar enloquecidos cuando lo que hubiera hecho falta era el silencio. Vi un cadáver que rascaba desesperado la tapa de su ataúd y otro que merodeaba libre alrededor de su futura tumba. Vi chamarras y camisas a cuadros circundando inútiles el espacio donde alguna vez hubo cuerpos palpitantes.

Vi hombres generosos comprometidos con la cultura aprisionados en el corset de conferencistas magistrales. Vi trajes de luces, muy parecidos a los del torero, con lentejuelas que brillaron sólo mientras las luces y las cámaras estuvieron presentes. Vi jerarquías atravesadas como lanzas filosas porque las jerarquías no sirven cuando se trata de seducirnos a todos. Vi salones vacíos ahí donde hubiéramos tenido que ser muchos los convocados y escuche sendos honores para algunos, mientras para otros solamente silencio y desatino alrededor del nombre. Vi multitudes que se arremolinaron ahí donde estaba el más ufano. Vi revoluciones de la palabra convertidas en una retahíla de cosas inútiles que me recordaron, justamente, al Golem de Borges ahí donde se dijo que "en la palabra rosa está la rosa." Vi funcionarios atesorando espejos ahí donde tocaba intercambiar palabras y vi muchos espejos pisoteados de esos que invocan a la mala suerte, dicen que, por lo menos, durante siete años. Y vi sillas blancas vacías ahí donde tocaba ver cuerpos coloridos canturreando. Y vi como el poder se mete entre los pliegues de una camisa, equívoco regalo, unas dos tallas más grande. Vi también soledad en esos rostros que anuncian sin ambages que ya todo lo saben. Y vi entre sombras esos rostros amigos de quienes tratan de resolver cualquier entuerto antes de claudicar. Y vi manos enhiestas que fungieron como las prestidigitadoras de lo imposible. Y vi a un electrocutado que sin embargo hubiera preferido que el espectáculo continuara con éxito. Y a una cantante que demostró acapella su profesionalismo. Vi a un gran tlatoani tartamudeante y severo que no merecía ningún título nobiliario.

Vi a la cultura pisoteada en la envoltura de una charamusca que echó al suelo un turista irrespetuoso. Y vi las manos unidas en un cercano futuro que admite solución. Vi el desenlace frustrado de una puesta en escena con demasiados extras estorbando. Vi mis callejones del diario llenos de gente y de sonrisas que no alcanzaron a mostrarse satisfechas. Vi a jóvenes hablando del pasado como si fuesen "viejos nostálgicos de lo que el viento se llevó"; el mismo viento que se coló ruidoso en el salón de conferencias.

Vi a una Zacatecas sin voz en medio de un escandaloso vocerío. Vi luz en los corazones que siempre se reservan un pedacito para la esperanza y trajes impecables con rostros descoloridos. Vi funcionarios que me impidieron disfrutar del arte en la más acogedora y cálida galería de la ciudad, ahí donde, por primera vez, sentífrio en medio de un ambiente enrarecido de oficialidad.

Y desde múltiples escenarios todos veíamos, desde un pequeño corte de universo que abarca la mirada. Y otra vez, vuelvo a Borges: "Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión devolver..." Pero eso sí, que en este aleph deshilvanado, no llegue a trabajarnos el olvido.



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