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Hubo un "Aleph" zacatecano
Por María Dolores Bolívar
El aleph borgiano,
urdido a partir de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada,
no es otra cosa que la construcción alegórica del tiempo y del espacio,
un punto clave donde confluyen imágenes reveladoras, como salidas
del delirio de un mago fabuloso; elementos contundentes que transitan
el momento fugaz de esa particular revelación. Así que, ariesgo
de mostrarme como la más irreverente, construí para el tiempo mi
propio aleph zacatecano, habitado por seres entrañables y dioses
desperdiciados... un aleph, como tantos que ya intuyera Borges al
decirnos "Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo)
otro Aleph".
Así
que me dispongo a narrarles lo que yo vi en el mío, hallado en medio
de la Avenida Hidalgo, en una de esas tardes que fueron escenario
del Festival Cultural Zacatecano: noté que la ciudad se neonizaba
a una hora anterior a las seis de la tarde y casi se puede decir
que aferrados al reflejo que se proyecta desde la cantera, de por
sí luminosa, los sistemas de sonido y las sillas fueron apareciendo
en distintos escenarios. Entonces, desde un punto clave, ví a una
mujer que se cortó un dedo y que en lugar de sangre despidió una
luz.
Vi a un gran
pintor zacatecano "errante" que me trajo desde Calabozos, Venezuela
uno de mis muchos rostros extraviados; y sentí que con él la crítica,
incluso la más inclemente, se revestía de lucidez, se encaminaba
hacia algo. Vi a un funcionario prototípico que destilaba arrogancia
y que hubiera sido sabio si se le ocurre recoger algunos de los
espejos tirados para él, alrededor de él; y mientras, cantarines,
los fantasmas de las primeras filas aguardaban la hora, siempre
imprecisa, del comienzo.
Vi generosidades
tan notorias a las que había que ponerles nombre, pero que aún despojadas
del nombre hubieran permanecido en el lugar preciso de la generosidad.
Vi a Jaime Humberto Hermosillo filmando una escena desde la barda
de cantera más fiel al paisaje zacatecano y un sol que brilló para
las cámaras que se congregaron ahí a pesar de que el teléfono siempre
estuvo ocupado; Y vi como las cosas por su propio peso se acomodaban
como podían, cada cual en su sitio. Vi tardanzas mayores a la tardanza
habitual que nos achacan los detractores de nuestra cultura y privilegios
tan grandes y poco usuales que retrasaron hasta el evento de gala
en el teatro principal.
E imaginé que
Héctor Bonilla era el gigante mítico actuante a pesar de las puertas
abiertas y del ruido y de tanto invitado que llegó tarde y creyó
ver en aquel momento inoportuno ocasión para el apretón de manos.
Vi tradiciones que persisten, aún cuando todo dice que no deben
persistir, pero que tercas se levantan orondas por encima de la
más terca indiferencia. Vi a hombres y mujeres divorciados de la
cultura oficial y empeñados en mostrar que la cultura somos todos,
reconociéndose en su afán diario y recorriendo los lugares que habitualmente
recorren; y admiré al público que se animó a salirse y por primera
vez, en nueve meses, me alegré de que el teatro estuviera medio
vacío.
Vi gestos de
protesta donde todos miraban y lágrimas y asombro en los espacios
de la oscuridad. Vi un sol resplandeciente y un viento arrasador
que quería limpiar las malas sensaciones de tanto mal administrador.
Vi gente por la calle, anhelante, esperanzada, y patrocinadores
generosos que sin embargo aparecieron en el sitio y la hora en que
su aparición era más bien presagio de horas negras en las que la
cultura pasó a un segundo plano. Vi un cuerpo sin cabeza que se
empeñaba en rescatar al barco del naufragio y todo transcurría,
sin cámaras, a más de mil kilómetros del más cercano paisaje marino;
y escuché los celulares sonar enloquecidos cuando lo que hubiera
hecho falta era el silencio. Vi un cadáver que rascaba desesperado
la tapa de su ataúd y otro que merodeaba libre alrededor de su futura
tumba. Vi chamarras y camisas a cuadros circundando inútiles el
espacio donde alguna vez hubo cuerpos palpitantes.
Vi hombres
generosos comprometidos con la cultura aprisionados en el corset
de conferencistas magistrales. Vi trajes de luces, muy parecidos
a los del torero, con lentejuelas que brillaron sólo mientras las
luces y las cámaras estuvieron presentes. Vi jerarquías atravesadas
como lanzas filosas porque las jerarquías no sirven cuando se trata
de seducirnos a todos. Vi salones vacíos ahí donde hubiéramos tenido
que ser muchos los convocados y escuche sendos honores para algunos,
mientras para otros solamente silencio y desatino alrededor del
nombre. Vi multitudes que se arremolinaron ahí donde estaba el más
ufano. Vi revoluciones de la palabra convertidas en una retahíla
de cosas inútiles que me recordaron, justamente, al Golem de Borges
ahí donde se dijo que "en la palabra rosa está la rosa." Vi funcionarios
atesorando espejos ahí donde tocaba intercambiar palabras y vi muchos
espejos pisoteados de esos que invocan a la mala suerte, dicen que,
por lo menos, durante siete años. Y vi sillas blancas vacías ahí
donde tocaba ver cuerpos coloridos canturreando. Y vi como el poder
se mete entre los pliegues de una camisa, equívoco regalo, unas
dos tallas más grande. Vi también soledad en esos rostros que anuncian
sin ambages que ya todo lo saben. Y vi entre sombras esos rostros
amigos de quienes tratan de resolver cualquier entuerto antes de
claudicar. Y vi manos enhiestas que fungieron como las prestidigitadoras
de lo imposible. Y vi a un electrocutado que sin embargo hubiera
preferido que el espectáculo continuara con éxito. Y a una cantante
que demostró acapella su profesionalismo. Vi a un gran tlatoani
tartamudeante y severo que no merecía ningún título nobiliario.
Vi a la cultura
pisoteada en la envoltura de una charamusca que echó al suelo un
turista irrespetuoso. Y vi las manos unidas en un cercano futuro
que admite solución. Vi el desenlace frustrado de una puesta en
escena con demasiados extras estorbando. Vi mis callejones del diario
llenos de gente y de sonrisas que no alcanzaron a mostrarse satisfechas.
Vi a jóvenes hablando del pasado como si fuesen "viejos nostálgicos
de lo que el viento se llevó"; el mismo viento que se coló ruidoso
en el salón de conferencias.
Vi a una Zacatecas
sin voz en medio de un escandaloso vocerío. Vi luz en los corazones
que siempre se reservan un pedacito para la esperanza y trajes impecables
con rostros descoloridos. Vi funcionarios que me impidieron disfrutar
del arte en la más acogedora y cálida galería de la ciudad, ahí
donde, por primera vez, sentífrio en medio de un ambiente enrarecido
de oficialidad.
Y desde múltiples
escenarios todos veíamos, desde un pequeño corte de universo que
abarca la mirada. Y otra vez, vuelvo a Borges: "Temí que no quedara
una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás
la impresión devolver..." Pero eso sí, que en este aleph deshilvanado,
no llegue a trabajarnos el olvido.
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