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Crónica de una muerte
anunciada
Por Alfredo Alvarez Cárdenas
Debo recurrir
a guisa de metáfora al famoso escrito de García Márquez para aludir
al intento fallido de origen para constituir una coalición de fuerzas
partidistas de cara al proceso de renovación de poderes federales
en el año 2000.
Ciertamente
la iniciativa, no obstante que pretende incorporar al mayor número
de partidos posibles, sólo tendría peso político si sus principales
promotores (PAN y PRD) la encabezan con miras a contrarrestar la
fuerza nacional electoral que representa el Partido Revolucionario
Institucional. Sin embargo, esta estrategia resulta poco viable,
por no decir imposible, por diversas razones.
La primera,
de carácter subjetivo, atiende a un problema de personalidad muy
característico todavía de la cultura política mexicana. Nuestros
políticos arrastran el "síndrome del caudillo", por lo que no imagino
a Vicente Fox, a Cuauhtémoc Cárdenas o a Porfirio Muñoz Ledo, ceder
cada uno a favor de cualquiera de los otros o de una nueva figura
de consenso, sus añejas y legítimas aspiraciones personales, por
las que incluso, cada uno a su manera, ha venido construyendo su
carrera política o, según el caso, la de su propio partido. El escándalo
protagonizado por Cuauhtémoc Cárdenas al aceptar la candidatura
del PT y sus secuelas, se inscribe en este razonamiento.
En este caso
además juega un papel destacado el elector que en este proceso de
transición a la democracia todavía vota más por las personalidades
(sus favoritas), que por los partidos y sus plataformas políticas;
estas últimas, por cierto, poco conocidas por la gran mayoría que
acude a las urnas.
Otro aspecto
que no parece fácil de resolver es el que tiene que ver precisamente
con la construcción de una plataforma de gobierno a partir de concepciones
políticas e ideológicas no sólo diversas, sino históricamente contrarias.
Ambos partidos
se encuentran en los extremos del espectro político que constituye
la oferta al electorado: el PAN a la derecha, ligado siempre a los
intereses más conservadores del país, vinculado ideológicamente
a la Iglesia Católica y, aunque afectado por el pragmatismo electoral
en épocas recientes, distante de las políticas de corte social que
tienden a compensar las desigualdades e incongruencias de la economía
de mercado; por su parte el PRD horneado al amparo de los partidos
y movimientos sociales de izquierda, producto de una escisión en
el PRI, con pretensiones hacia el pensamiento socialista de tipo
europeo y orientado por políticas típicas de la izquierda mexicana.
¡Imaginemos
un gabinete compuesto por miembros de ambos partidos! ¿Hacia a dónde
apuntará la dirección del gobierno y de las políticas públicas?
Por último,
baste mencionar la desigual representación obtenida en el mapa nacional
electoral. Tanto el PAN como el PRD, son todavía partidos con un
posicionamiento esencialmente regional y éste además es muy inestable
en términos del electorado.
No podemos
decir que el norte sea panista ni que el sur sea perredista, los
resultados de las elecciones para renovar los poderes estatales
de los últimos dos años registran retrocesos electorales importantes
para el primer partido a la vez que triunfos muy cuestionados para
el PRD, principalmente por el origen priísta de sus candidatos.
Con estos aspectos
en el análisis parecen más los escollos que las afinidades y, por
tanto, inviable un asunto que no puede resolverse en la búsqueda
del poder por el poder mismo. La política no es un acto de voluntarismo,
en ella hay que convencer no vencer.
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