El Periódico de los Zacatecanos
Viernes 31 de Diciembre de 1999

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SÍNTESIS

Las paradojas mexicanas del siglo XX

Por Adolfo Sánchez Rebolledo

El siglo XX mexicano se recordará en la historia como un periodo de notables paradojas. El país de las revoluciones descrito por Mora se convirtió en un Estado de probada y, a veces, envidiable estabilidad en un continente marcado por la fragilidad de los gobiernos civiles y, aunque siguió llamándose a sí mismo "revolucionario", su obra adquirió cada vez más un curso institucional e incluso conservador.

El país que quiso saltar el capitalismo de las haciendas porfirianas inaugurando la primera utopía rural del mundo moderno, hizo del campo y los campesinos una reserva natural y humana para expandir salvajemente formas de acelerada acumulación y concentración de las riquezas.

Gracias a la revolución de las masas indígenas capitaneadas por Emiliano Zapata y otros caudillos fue posible el nacimiento de una economía moderna, sustentada en el mercado, en la integración territorial y cultural de la nación que permitió impulsar la urbanización ininterrumpida que aún no termina.

Ningún presidente encarna mejor estas paradojas mexicanas que el general Lázaro Cárdenas quien fue, al mismo tiempo, el reformador de las relaciones caducas sobrevivientes tras la Revolución y el autor del régimen que, guardadas las distancias, llegó hasta el presente.

A diferencia de otros gobernantes que le precedieron, Cárdenas tuvo el sentido de la historia que se necesitaba para saber que en el fondo de la dramática situación nacional estaba una contradicción más fuerte que las demás: la desigualdad social que venía de su pasado colonial.

México no podía ser una nación fuerte e independiente si dejaba en manos extranjeras las riquezas naturales y en las de unos pocos privilegiados la propiedad de las tierras productivas, pero la independencia tan largamente buscada podía convertirse en una ilusión sin darle voz a las masas que habían hecho la Revolución.

Cárdenas supo convertir la dispersión política propia del caudillismo en la fuerza unificadora del presidencialismo. Así, al país que inició la insurrección buscando la democracia electoral se impuso el país real de los compromisos del poder, la extinción casi absoluta de la oposición electoral y la paradoja de vivir al mismo tiempo en una democracia representativa y en un régimen de partido casi único.

La modernización cambió el rostro de México hasta un grado que hoy es difícil de recordar, pero las paradojas siguieron hasta el presente. Hoy vivimos los primeros tiempos del gran cambio democrático que se propuso a principios del XX, pero el ciclo no se aclara.

Importa menos de lo que se piensa sigue si ya vivimos en la democracia hecha y derecha o si la transición continuará en el próximo milenio hasta el final de los tiempos, pero el dato que no puede eludirse es constatar que hemos necesitado todo este tiempo -un siglo entero- para arriba a esta situación.

Y este no es un dato cualquiera: la tardía democracia mexicana depende más que nunca de nuestras posibilidades de resolver aquellas primitivas paradojas y en primerísimo lugar la de ser un país dividido entre la miseria de millones y la opulencia de unos pocos. Adiós siglo XX. (Notimex)


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