|
Las paradojas mexicanas
del siglo XX
Por Adolfo Sánchez Rebolledo
El siglo XX
mexicano se recordará en la historia como un periodo de notables
paradojas. El país de las revoluciones descrito por Mora se convirtió
en un Estado de probada y, a veces, envidiable estabilidad en un
continente marcado por la fragilidad de los gobiernos civiles y,
aunque siguió llamándose a sí mismo "revolucionario", su obra adquirió
cada vez más un curso institucional e incluso conservador.
El país que
quiso saltar el capitalismo de las haciendas porfirianas inaugurando
la primera utopía rural del mundo moderno, hizo del campo y los
campesinos una reserva natural y humana para expandir salvajemente
formas de acelerada acumulación y concentración de las riquezas.
Gracias a la
revolución de las masas indígenas capitaneadas por Emiliano Zapata
y otros caudillos fue posible el nacimiento de una economía moderna,
sustentada en el mercado, en la integración territorial y cultural
de la nación que permitió impulsar la urbanización ininterrumpida
que aún no termina.
Ningún presidente
encarna mejor estas paradojas mexicanas que el general Lázaro Cárdenas
quien fue, al mismo tiempo, el reformador de las relaciones caducas
sobrevivientes tras la Revolución y el autor del régimen que, guardadas
las distancias, llegó hasta el presente.
A diferencia
de otros gobernantes que le precedieron, Cárdenas tuvo el sentido
de la historia que se necesitaba para saber que en el fondo de la
dramática situación nacional estaba una contradicción más fuerte
que las demás: la desigualdad social que venía de su pasado colonial.
México no podía
ser una nación fuerte e independiente si dejaba en manos extranjeras
las riquezas naturales y en las de unos pocos privilegiados la propiedad
de las tierras productivas, pero la independencia tan largamente
buscada podía convertirse en una ilusión sin darle voz a las masas
que habían hecho la Revolución.
Cárdenas supo
convertir la dispersión política propia del caudillismo en la fuerza
unificadora del presidencialismo. Así, al país que inició la insurrección
buscando la democracia electoral se impuso el país real de los compromisos
del poder, la extinción casi absoluta de la oposición electoral
y la paradoja de vivir al mismo tiempo en una democracia representativa
y en un régimen de partido casi único.
La modernización
cambió el rostro de México hasta un grado que hoy es difícil de
recordar, pero las paradojas siguieron hasta el presente. Hoy vivimos
los primeros tiempos del gran cambio democrático que se propuso
a principios del XX, pero el ciclo no se aclara.
Importa menos
de lo que se piensa sigue si ya vivimos en la democracia hecha y
derecha o si la transición continuará en el próximo milenio hasta
el final de los tiempos, pero el dato que no puede eludirse es constatar
que hemos necesitado todo este tiempo -un siglo entero- para arriba
a esta situación.
Y este no es
un dato cualquiera: la tardía democracia mexicana depende más que
nunca de nuestras posibilidades de resolver aquellas primitivas
paradojas y en primerísimo lugar la de ser un país dividido entre
la miseria de millones y la opulencia de unos pocos. Adiós siglo
XX. (Notimex)
|