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Los
acuerdos en lo fundamental, lo urgente
Eliseo Rangel Gaspar
Es cierto,
la naturaleza íntima de las sociedades modernas, consiste, como
se ha reiterado en el conflicto en prácticamente todas sus circunstancias
y acaeceres.
El conflicto
expresa la vitalidad de las comunidades al tiempo que impulsa su
desarrollo y modernización.
La democracia
es dinámica, la dictadura es estática, diría Norberto Bobbio, aludiendo
a la vitalidad de las sociedades democráticas y a la paz de los
sepulcros impuesta por las dictaduras.
No podemos,
de ninguna manera, discurrir al unísono, decidir por unanimidad
las cuestiones de una comunidad heterogénea social y económicamente.
Con diferencias
de fondo en tantísimas cuestiones, lo propio de lo nuestro de hoy
en horas críticas, no es el consenso, sino la discrepancia lo que
nos caracteriza.
Porque si somos
una sociedad pluriétnica, pluriclasista y pluricultural, la conflictualidad
que nos caracteriza, apenas tiene justificación en aquello diversidad,
explicación la dinámica portentosa de tantísimas de sus instituciones,
normas o costumbres.
Pero aunque
ello ha sido siempre así, siempre también salvo excepciones desdichadas,
hemos podido acceder a acuerdos en lo fundamental, para salvaguardar
la convivencia, para fortalecer las instituciones que posibilitan,
para proponder hacia nuevos sucesos estadios superiores en la existencia
social.
En este sentido
posee justificación la doctrina del pacto social de Juan Jacobo,
la tesis del pacto político de Hobbes, manifestaciones de la necesidad
de un consenso social indispensable para extender la vida civilizada.
Nosotros hemos
insistido en que la conflictualidad imprescindible debe desembocar
en los acuerdos en lo fundamental necesarios, vitales.
Así lo hicimos
infructuosamente frente a la voracidad desencadenada en 47 que nos
mutiló.
Esa fue la
consecuencia de no haber tenido la madurez que todo acuerdo, por
lo menos en lo fundamental, necesita.
Los acuerdos
en lo fundamental son asuntos de la mayor importancia como requisito
previo para la dirección pacífica y ordenada de los asuntos públicos
a partir de unas normas y de unos valores generalmente aceptados,
para hacer posible cuanto implican sociedad y comunidad.
Ahora, ubicados
ante circunstancias complejas y frente a encrucijadas peligrosas,
no podemos olvidar las experiencias negativas de ayer, son antes
bien proceder como el buen sentido aconseja, discrepando en los
términos de nuestra ideología o de acuerdo a la circunstancias de
nuestra existencia social, pero sin dejar de considerar que todo
conflicto debe ser resulto con las herramientas de la política,
sin sacrificio del estado de derecho y sin menoscabo de la paz y
de la concordia que deben imperar en una sociedad con desafíos que
nos convocan a la unidad.
Es cierto,
la globalización es un hecho fundado en la naturaleza de las cosas,
pero la pérdida de la identidad o de principios como los de soberanía
que nos han costado sacrificios incruentos, no pueden naufragar
libremente, sin antes oponer toda nuestra resolución, los valores
en que nuestra forma de ser particular su funda.
Si no tenemos
respeto ni consideración por lo nuestro que nos identifica o si
llevados por sectarismos que otros atizan, caemos en la confrontación
sin límites, otro puede ser el destino de este pueble generoso,
esperanzado.
Venimos de
decirlo; por el conflicto las sociedades se transforman evolucionan,
se modernizan.
Pero por los
acuerdos en lo fundamental, el ascenso es notable, por tentoso el
desarrollo ; vale entonces la pena sacrificar por los acuerdos que
nos impulsan, los sectarismos que nos degradan.
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