El paso azaroso del siglo XIX al XX encontró en el caso del teniente francés Dreyfus -quien fue acusado de traición frente a los alemanes durante la primera guerra mundial, cuando la realidad es que fue acusado y condenado por ser judío-, una premonición dramática.
Este affaire ofreció la síntesis de la intolerancia social e inauguró el paradigma del "enemigo identificado", como argumento básico de descalificación, haciéndole economías a la sustentación ideológica -de por sí elemental- del autoritarismo.
Desde entonces, se siembran las semillas de la intolerancia. El caso Dreyfus envuelve amenazante, en sus simbiosis absurda y marcial, cualquier discusión en torno a la democracia y los escenarios que la acompañan.
El desarrollo histórico de los últimos cien años es ejemplar, en casos diversos, para justificar al más pobre y absurdo de los maniqueísmos, en aras de la deificación del dogmatismo y el concepto más oscuro acerca del mundo.
Un progrom en cualquier barrio judío, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, es la reiteración del mismo asunto, en donde el "enemigo identificado" es el comunismo y la raza judía.
¿Cómo poder comprobarlo? ¡No hace falta ninguna justificación cuando la fuerza brutal es impulsada por un pensamiento mediocre y una ideología fantasmal!
El tribunal Vichinsky bien pudo ser una ironía, con tintes de humor negro, al hacer a los mismos acusados de los procesos de Moscú -antes honrados como líderes de la revolución comunista mundial- que se señalarán a sí mismos de un delito inexistente y con unas leyes redactadas en el momento en que la canalla se levantaba con un dedo acusador incendiado, cargando sobre las espaldas de sus líderes cansados, el fracaso y el entierro del stajanovismo.
Las dictaduras de Europa y del sur de América Latina, tuvieron que hacer verdaderos malabares para construir su "enemigo identificado". La amenaza del comunismo y la disolución moral fueron temas lanzados profusamente en todos los medios de difusión, como si una palabrería interminable pudiera sustituir algo tan definitivo, flagrante, y objetivo como los ayes de dolor surgidos desgarradoramente de alguna celda subterránea. El autoritarismo, la intolerancia y el dogmatismo habían hecho perder la brújula a un grupo de sociedades desviadas de su profesión liberal y vocación democrática, fortaleciendo las imágenes de los caudillos y los falsos profetas, para ser empantanadas en las aguas podridas de una milicia ávida de observar en todos los ojos a un enemigo de la cultura occidental, la religión cristiana y el orden.
El "enemigo identificado" asciende como teoría en el recuento de las infamias sin castigar, que permea nuestra historia inmediata. Hannanh Arendt identifica que la concepción del enemigo es aquella que le impide tener derechos.
Baste recordar las guerras coloniales en el continente africano o en algunos países de Asia, para encontrar la misma fórmula, la misma justificación, y dar paso, sin complejidad, a las dictaduras más pérfidas que el hombre haya podido construir.
La llamada guerra fría, que siguió al segundo conflicto Bélico mundial, manifestó una lógica política que desechó el diálogo, invalidándolo como una de las reglas del juego para solucionar conflictos.
Bien lo afirmó Milan Kundera: La historia se desenvuelve en una lucha entre la memoria contra el olvido. Este planteamiento es puntual, definitivo: el ser humano no termina de aprender de sus propias experiencias y continúa sobreviviendo en los terrenos más agrestes de la política y en teorías sociales de baja elaboración, donde la solidaridad humana sólo aparece como señuelo que justifique la llegada al poder a toda costa y, al momento de las definiciones, justificar los deslindes necesarios para llegar al más triste y ruin de los contenidos: animar la maquinaria vertical y terrorista que nuble los ojos de los ciudadanos hacia una conducción de raíces frágiles, asentada en la fuerza y con una ceguera que no logra encubrir al dogmatismo ni a la peor de las catástrofes.
Las elecciones presidenciales del próximo mes de julio han despertado en el PAN y el PRD los sentimientos más encontrados en torno a la explicación del actual estado de cosas en nuestro país.
Se tiene que recordar que ambos partidos no han sido sobresalientes en el análisis político, porque carecen de ideología definida; sus discursos están entrampados en la emoción, el dogma y la acusación gratuita.
La incapacidad teórica y la falta de seriedad política han logrado un espacio definitivo en ambas organizaciones y, al sentirse incapaces de deletrear la realidad con herramientas claras y de nivel, no reñidas con el aprendizaje de la historia nacional y la actualización en las ciencias sociales, han decidido hacer del "enemigo identificado" una proeza electoral, que les ahorre una explicación verdaderamente racional.
Hoy las intolerancias conservadoras han simplificado la política a una frase que impide que nuestro país tenga partidos políticos que promuevan una educación y cultura política democrática, promoviendo la civilidad y la participación responsable.
En lo que en otros países fue el comunismo, la amenaza judía o la amenaza amarilla, para los dogmáticos locales es el PRI. Si en otros países estuvieron al día la cacería de brujas, los progroms o las persecuciones macartistas, en el nuestro se fragua un linchamiento social con el equipamiento de la maquinaria propagandista para, en bárbaras generalizaciones, señalar el Partido Revolucionario Institucional como causante de las desgracias más particulares del ciudadano común, sin considerar el espacio y los elementos complejos y contradictorios que nos ha tocado vivir.
Sin embargo, siempre hemos estado dispuestos al debate en donde se pueden analizar las diferencias cualitativas entre las diversas tradiciones partidarias y, por supuesto, su capacidad de convocatoria y gestión, programas y conducción.
Nuestro partido sigue dispuesto a continuar su liderazgo, ante la inoperancia política que se queda en denuncia obsesiva, de quienes observan en el escándalo la sustancia de la política.
En esta campaña destaca, por su terquedad y comprobada estrechez de miras, Vicente Fox, quien observa a nuestro partido como el "enemigo identificado" que debe ser barrido implacablemente para construir, lo que él cree que es, un país pródigo en empleo, educación y bienestar.
Sin embargo, han bastado algunas pruebas elementales, respondidas dubitativamente por Fox, para comprobar que es un personaje que expresa un México que creíamos haber superado, porque el dogma y la profesión de fe han venido a suplantar cualquier enunciado constructivo en el marco de respeto político a la diversidad.
Muy por el contrario, arremete con furia a un objetivo inexistente, como queriendo comprobarse a sí mismo de que el resto del país invoca los elementos de irracionalidad que a él caracterizan.
Para Fox, la pertenencia al PRI es la entrada al infierno de la corrupción y al narcotráfico; es la patente de la arbitrariedad y el desprestigio; en síntesis: es el "enemigo identificado".
Sin lograr controlar su retahíla, insiste en afirmar que nuestra organización política es una cueva de ladrones y arremete con un léxico majadero, carente de cortesía, negado al razonamiento y la claridad.
Su aparición en la escena política nacional es regresar al ámbito de un discurso que aún ronda en las zonas más subterráneas de la conciencia social, y que; en el menor descuido, suele sorprendernos con su vestimenta pretoriana, hasta aparecer como parte de la genealogía del Huevo de la Serpiente.
Por supuesto, esta afirmación no es una respuesta a las filípicas de Fox, gustoso en presentar una sucesión de adjetivos como razonable enunciado moral. Nuestra caracterización proviene de un análisis permanente de los movimientos de lo que queda del Partido Acción nacional y su candidato Vicente Fox, ubicados en las filas más reaccionarias de nuestro país. El método de análisis que utilizamos, lo extraemos de los conocimientos más sabios y destacados de la Revolución Mexicana.
En esta tesitura, podemos afirmar que el carácter "movimientista" de la organización de Fox sólo atrae a los elementos centrífugos que obraron desesperadamente, con irresponsabilidad y poca paciencia en otras organizaciones políticas, que su poca exigencia a la ideología lo hace promotor del aventurerismo y que el desorden de su discurso político manifiesta, con alarma, a un candidato que responde más a su carga emocional que a la profundidad de la reflexión.
Pródigo en maniqueísmos, cae sin dificultad en la fe dogmática. Se divierte jugando a los acertijos propagandísticos, y a acumular como amistades a los personajes más oscuros y siniestros de nuestra historia reciente.
La lógica formal de Fox no debe avanzar como mecanismo de hacer política, porque sus conclusiones están arraigadas en la manida fijación del "enemigo identificado". La realidad nacional sólo admite planteamientos políticos que nos enfrenten a la nueva fenomenología global, con un programa bien estructurado y discutido por todos, sin necesidad de regresar a una especie de caudillos decimonónicos, ricos en lenguaje soez.