Sabido es que muchas comunidades de cualesquier parte del mundo han aparecido y aparecen y lo seguirán haciendo como parte vital de ciertas novelas, principalmente. En la poesía y en el canto popular es más frecuente. Pero en la narración surgen como personajes claves en el desarrollo de este género.
De entrada podríamos citar a Cuevano que para Jorge Ibargüengoitia era definir a Guanajuato. Otros muchos autores latinoamericanos, europeos y norteamericanos han establecido incógnitas como en el caso de Macondo, en Cien años de soledad y casi toda la obra de Gabriel García Márquez; Comala en Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Santa María, una colonia a las orillas del Río de la Plata, en La vida breve, de Juan Carlos Onetti o aquella nueva región que la topografía faulkneriana ha ubicado en la jurisdicción del mítico condado de Yoknapatawpha, al sur negrero de Estados Unidos, o en mi caso particular de mi novela La madriguera de los cobra, donde Paredones es en realidad el poblado de Aconchi, aledaño al Río Sonora.
García Márquez hábilmente inicia su novela "Cien años de soledad" así: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabraba construidas a la orilla de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Juan Rulfo por su parte en su epónima novela arranca así: "Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Hay una novela del jalisciense Juan José Arreola llamada: "La Feria". Cuenta la vida de su propio pueblo, Zapotlán, desde la Colonia hasta nuestros días. Se trata de un libro de un solo personaje y de una novela de treinta mil personajes. ("Somos más o menos treinta mil. Unos dicen que más, otros que menos. Somos treinta mil desde siempre"). De un solo personaje, si se tiene en cuenta que Arreola se interesa por la historia del pueblo más que por las abundantes historias individuales.
Las personas cooperan, a la altura de sus limitaciones, a dar vida a un pueblo como todos los pueblos. (Al rehuir lo típico y consignar lo genérico Juan José deja atrás el regionalismo, el nacionalismo e incide en el arte universal).
Arreola al poner como personaje a su pueblo y a sus gentes reencuentra su paraíso perdido, esa región del alma que se puede contemplar sin remordimientos. Otro caso es la novela "Los recuerdos del porvenir" que anima la vida de un pueblo del sur: Ixtepec. Narrada en primera persona llega al lector a través de ese personaje que es el propio pueblo de Ixtepec, pueblo para el que "el porvenir era la recepción del pasado" recuerda sus apagados días y sus obras en que el milagro revive las esperanzas que ya parecían desilusión. A veces el mismo pueblo parece una persona, en otras un coro que aprueba o desaprueba; en ocasiones Ixtepec narra, en otras juzga. A veces parece que participa en la acción y a veces que es un espectador displicente. El caso de Faulkner es ejemplar ya que desborda los límites trazados por los agrimensores y funda un territorio hasta entonces inédito en el atlas. El Deep South, ese profundo sur gringo donde los supérstites de una aristocracia derrotada por la historia y atrapada por los atavismos más extremos conviven con los pobres de siempre, granjeros sin paliativo y ajenos al optimismo nacional, y con los advenedizos que quieren labrar su propia suerte. Todos ellos -los Compson, los Snopes, los Sartoris- habitan esa nueva región inventada por William. Para su propósito al autor le bastaron tres hermanos y tres monólogos ambientados en los tres días más dramáticos de la Semana Santa y una cuarta mirada que, omniscientemente y sintomáticamente, registra lo acaecido en un domingo de resurrección. Todos los elementos antes mencionados se dan cita en el texto: el escenario el condado ya mencionado y que desde luego entra a formar parte como personaje. El año 1928, antesala del crack económico que echó por tierra el optimismo financiero; y la ecuación que busca equilibrar en la página en blanco la oprobiosa realidad de los estados del sur -su tradición y sus taras- con la realidad de los estados del sur -su tradición y sus taras- con la transgresión formal que introduce un escritor que, sobre semejante estado de caos, edifica una de las experiencias narrativas más radicales y fértiles de la literatura contemporánea. En 1929 la crítica quedó sorprendida por la aparición de una novela tan inusual como revolucionaria: El sonido y la furia.
Tratándose de los pueblos de Sonora en la literatura hemos de tomar en cuenta varias obras en las que se hace referencia a pueblos o comunidades conocidas como es el caso de: Cuentos y leyendas, de Enriqueta de Parodi. Ahí poblados como Tepache, Cumpas, Moctezuma, etc, aparecen como marco para narrar las historias que le son brindadas a través de la imaginación o recogidas en voz de los moradores de tal región.
Armida de la Vara realiza una obra novelística de acuerdo con la tesis y elaboración que en forma personal organizó su propio marido, Luis González y González, historiador contemporáneo, al introducirse en este ámbito la microhistoria y publicar: Pueblo en vilo, en donde su pueblo natal San José de Gracia Michoacán es el personaje principal, ella retoma tal experiencia para amar a través de la memoria y la nostalgia el florecimiento y la vida de su poblado natal: Opodepe
*Poeta de Sonora