El Periódico de los Zacatecanos
Martes 06 de Marzo de 2001

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SÍNTESIS

¿Hasta donde nos llevará?

El juego de Fox y Marcos

Genaro Borrego Estrada

 

En estos días, el tema sobre los derechos indígenas ha pasado a formar parte central en la vida de nuestro país. Tuvo su origen en una muy efectiva estrategia de Marcos en la opinión pública para colocar al tema, incluso en la agenda mundial y que ha crecido, a grados insospechados, con las expectativas que ha ido levantando la marcha de Marcos por diversas regiones. El elemento definitivo que ha dado lugar a este episodio político fue la decisión del Presidente Fox de afrontar el problema de Chiapas, a través de una audaz y riesgosa estrategia de distensión.
Para el Presidente Fox, la solución de Chiapas es crucial para su imagen, la cual, es el elemento fundamental de su gestión, incluso por encima de la resolución real de los problemas del país. En el asunto de Chiapas, el objetivo de Fox es convencer a los mexicanos de que es en verdad un Primer Mandatario diferente, con la capacidad para resolver en forma efectiva y expedita un conflicto que ha marcado nuestra vida política en los últimos siete años.
Fox ha decidido retirar algunas posiciones del Ejército en la región de Chiapas; hacer suya la iniciativa de reforma constitucional en materia de derechos y cultura indígenas que elaboraron los miembros de la COCOPA en 1996, pese a sus graves errores e inconsistencias; y permitir a Marcos realizar una marcha que tendrá como punto culminante la Ciudad de México. Aunado a lo anterior, Fox ha querido presionar a Marcos para que se reúna con él y simbolizar el fin del conflicto, a través una confusa campaña de opinión pública en la que se ha convocado a todos los mexicanos a pedir la paz. El Presidente ha mostrado todas sus cartas y toda su prisa.
Si para Fox la firma de la paz es lo primero, para Marcos es, precisamente, lo último. Contrario a la prisa de Fox, el subcomandante Marcos, como buen guerrillero, no tiene prisa para deponer las armas y finalizar con su movimiento.
Esa es una primera razón por la cual Marcos ha impuesto, como una condición para firmar la paz, que el Congreso apruebe la reforma constitucional en materia de derechos y cultura indígenas, elaborada por la COCOPA. Ello le signifca a Marcos ganar tiempo. Habría que imaginar lo que tendrá que transcurrir para que el Congreso discuta la reforma en comisiones; elabore la Cámara de origen el dictamen; se apruebe en cada cámara del Congreso por las 2/3 partes; y, por si fuera poco, tener que ser aprobada por la mayoría de los congresos estatales. En las otras dos condiciones solicitadas por Marcos, como la liberación de presos zapatistas y el retiro del Ejército de la zona del conflicto, todo es relativo; es decir, siempre habrá ejército que retirar y presos que liberar.
En esta guerra estratégica entre Fox y Marcos, éste parece apuntarse una victoria. Ha conseguido romper con el cerco que desde 1995 lo tenía aislado en un rincón de Chiapas. Ha conseguido las facilidades que necesitaba para consolidar un liderazgo nacional, y aglutinar en torno al movimiento las simpatías de grupos radicales, de múltiples organizaciones sociales y de muchos mexicanos inconformes con las instituciones vigentes. Marcos es, no sólo el símbolo del indigenismo, sino el símbolo de la inconformidad ante inercias y sistemas establecidos. Por eso convergen con él, además de los grupos defensores de los indígenas, diversas organizaciones de la vieja izquierda, células guerrilleras populares y, por supuesto, los globalifóbicos; ninguno de estos grupos acepta ni el modelo económico ni las instituciones clásicas de la democracia y del Estado.
Con esa fuerza que le respalda, Marcos llegará a la Ciudad de México para exigir la aprobación de la reforma constitucional en materia indígena que elaboró hace unos años la COCOPA y que ahora hizo suya Fox.
En dicha reforma, encontramos puntos delicados. El primero, es el que propone el reconocimiento de la autonomía y libre autodeterminación de los pueblos indígenas para ejercer un conjunto de derechos políticos, de propiedad, jurisdiccionales y culturales. Si bien es cierto que ha sido valiosa la aportación de Marcos para recordar que los pueblos indígenas deben ser protegidos, no es fácil hacer compatible la solicitada autonomía de los pueblos indígenas con nuestra actual división política y con la situación de la propiedad de la tierra en México.
Para comenzar, cabría preguntar cómo hacer factibles los derechos políticos de pueblos indígenas como los mayas u otomíes, que habitan dispersos a lo largo de varios estados del país. ¿ Habría una autoridad del pueblo indígena, aunque abarcara a varios estados, y otras autoridades a nivel estatal y municipal? ¿ Estaría por encima la autoridad del pueblo indígena sobre la de los Ayuntamientos, en caso de conflicto?
Por otra parte, en materia de uso de tierras, ¿qué pasaría con la propiedad privada, ejidal y comunal de la zona? ¿Acaso no sería despertar nuevamente un viejo conflicto por las tierras? A pesar de que debemos aceptar que el tema ha pasado a ser una prioridad, su resolución deberá llevar tiempo, para conciliar nuestro modelo constitucional de corte liberal y social, con una propuesta diferente que responde más a corrientes de tipo colectivista.
Además de la reforma en materia indígena, la marcha dejará otras huellas delicadas. No será fácil para los gobiernos estatales y federal conciliar intereses con los focos de simpatizantes zapatistas dispersos por el país. Tampoco es previsible cómo irán reaccionando los inconformes que han visto en Marcos una esperanza.
Por lo tanto, después de la marcha, el Presidente Fox tendrá que conformarse con haberse mostrado a la opinión pública como un Mandatario con buenas intenciones; sin embargo, es probable que nada pase y el conflicto no tan sólo subsista, sino que se extienda y amplifique. Peor aún, es seguro que nadie pueda garantizar que estamos exentos de riesgos en relación con la estabilidad y futuro político del país. Hasta el próximo martes.


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