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¿Hasta donde nos llevará?
El juego
de Fox y Marcos
Genaro Borrego Estrada
En
estos días, el tema sobre los derechos indígenas ha
pasado a formar parte central en la vida de nuestro país.
Tuvo su origen en una muy efectiva estrategia de Marcos en la opinión
pública para colocar al tema, incluso en la agenda mundial
y que ha crecido, a grados insospechados, con las expectativas que
ha ido levantando la marcha de Marcos por diversas regiones. El
elemento definitivo que ha dado lugar a este episodio político
fue la decisión del Presidente Fox de afrontar el problema
de Chiapas, a través de una audaz y riesgosa estrategia de
distensión.
Para el Presidente Fox, la solución de Chiapas es crucial
para su imagen, la cual, es el elemento fundamental de su gestión,
incluso por encima de la resolución real de los problemas
del país. En el asunto de Chiapas, el objetivo de Fox es
convencer a los mexicanos de que es en verdad un Primer Mandatario
diferente, con la capacidad para resolver en forma efectiva y expedita
un conflicto que ha marcado nuestra vida política en los
últimos siete años.
Fox ha decidido retirar algunas posiciones del Ejército en
la región de Chiapas; hacer suya la iniciativa de reforma
constitucional en materia de derechos y cultura indígenas
que elaboraron los miembros de la COCOPA en 1996, pese a sus graves
errores e inconsistencias; y permitir a Marcos realizar una marcha
que tendrá como punto culminante la Ciudad de México.
Aunado a lo anterior, Fox ha querido presionar a Marcos para que
se reúna con él y simbolizar el fin del conflicto,
a través una confusa campaña de opinión pública
en la que se ha convocado a todos los mexicanos a pedir la paz.
El Presidente ha mostrado todas sus cartas y toda su prisa.
Si para Fox la firma de la paz es lo primero, para Marcos es, precisamente,
lo último. Contrario a la prisa de Fox, el subcomandante
Marcos, como buen guerrillero, no tiene prisa para deponer las armas
y finalizar con su movimiento.
Esa es una primera razón por la cual Marcos ha impuesto,
como una condición para firmar la paz, que el Congreso apruebe
la reforma constitucional en materia de derechos y cultura indígenas,
elaborada por la COCOPA. Ello le signifca a Marcos ganar tiempo.
Habría que imaginar lo que tendrá que transcurrir
para que el Congreso discuta la reforma en comisiones; elabore la
Cámara de origen el dictamen; se apruebe en cada cámara
del Congreso por las 2/3 partes; y, por si fuera poco, tener que
ser aprobada por la mayoría de los congresos estatales. En
las otras dos condiciones solicitadas por Marcos, como la liberación
de presos zapatistas y el retiro del Ejército de la zona
del conflicto, todo es relativo; es decir, siempre habrá
ejército que retirar y presos que liberar.
En esta guerra estratégica entre Fox y Marcos, éste
parece apuntarse una victoria. Ha conseguido romper con el cerco
que desde 1995 lo tenía aislado en un rincón de Chiapas.
Ha conseguido las facilidades que necesitaba para consolidar un
liderazgo nacional, y aglutinar en torno al movimiento las simpatías
de grupos radicales, de múltiples organizaciones sociales
y de muchos mexicanos inconformes con las instituciones vigentes.
Marcos es, no sólo el símbolo del indigenismo, sino
el símbolo de la inconformidad ante inercias y sistemas establecidos.
Por eso convergen con él, además de los grupos defensores
de los indígenas, diversas organizaciones de la vieja izquierda,
células guerrilleras populares y, por supuesto, los globalifóbicos;
ninguno de estos grupos acepta ni el modelo económico ni
las instituciones clásicas de la democracia y del Estado.
Con esa fuerza que le respalda, Marcos llegará a la Ciudad
de México para exigir la aprobación de la reforma
constitucional en materia indígena que elaboró hace
unos años la COCOPA y que ahora hizo suya Fox.
En dicha reforma, encontramos puntos delicados. El primero, es el
que propone el reconocimiento de la autonomía y libre autodeterminación
de los pueblos indígenas para ejercer un conjunto de derechos
políticos, de propiedad, jurisdiccionales y culturales. Si
bien es cierto que ha sido valiosa la aportación de Marcos
para recordar que los pueblos indígenas deben ser protegidos,
no es fácil hacer compatible la solicitada autonomía
de los pueblos indígenas con nuestra actual división
política y con la situación de la propiedad de la
tierra en México.
Para comenzar, cabría preguntar cómo hacer factibles
los derechos políticos de pueblos indígenas como los
mayas u otomíes, que habitan dispersos a lo largo de varios
estados del país. ¿ Habría una autoridad del
pueblo indígena, aunque abarcara a varios estados, y otras
autoridades a nivel estatal y municipal? ¿ Estaría
por encima la autoridad del pueblo indígena sobre la de los
Ayuntamientos, en caso de conflicto?
Por otra parte, en materia de uso de tierras, ¿qué
pasaría con la propiedad privada, ejidal y comunal de la
zona? ¿Acaso no sería despertar nuevamente un viejo
conflicto por las tierras? A pesar de que debemos aceptar que el
tema ha pasado a ser una prioridad, su resolución deberá
llevar tiempo, para conciliar nuestro modelo constitucional de corte
liberal y social, con una propuesta diferente que responde más
a corrientes de tipo colectivista.
Además de la reforma en materia indígena, la marcha
dejará otras huellas delicadas. No será fácil
para los gobiernos estatales y federal conciliar intereses con los
focos de simpatizantes zapatistas dispersos por el país.
Tampoco es previsible cómo irán reaccionando los inconformes
que han visto en Marcos una esperanza.
Por lo tanto, después de la marcha, el Presidente Fox tendrá
que conformarse con haberse mostrado a la opinión pública
como un Mandatario con buenas intenciones; sin embargo, es probable
que nada pase y el conflicto no tan sólo subsista, sino que
se extienda y amplifique. Peor aún, es seguro que nadie pueda
garantizar que estamos exentos de riesgos en relación con
la estabilidad y futuro político del país. Hasta el
próximo martes.
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