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Un día como hoy,
pero de 1913, nació el entrañable poeta
A
don Roberto en su cumpleaños
Roberto
Cabral del Hoyo (1913-1999)
Enrique Salinas/IMAGEN
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| Don
Roberto Cabral del Hoyo. |
Sobra
quien pueda presumir de amistad con Roberto Cabral del Hoyo,
nada más sencillo, el hombre contemporizaba con cualquiera;
lo constataron, desde uno que otro mandatario de la Suave
Patria hasta el hijo del vecino.
Yo, por mencionar un caso, fui el último de sus íntimos,
dicho sea sin metáfora ni hipérbole. El azar
me destinó a convivir los tres meses terminales en
la existencia activa del poeta, la cual concluyó con
un homenaje nacional que resultó bardicida.
Durante cien días, tuve el privilegio de aquilatar
en directo el destello postrimero de una celebridad local,
cuya trayectoria ignoro formalmente aunque, de alguna manera,
le conocí desde niño; pues da la casualidad
que su primer gran amigo de infancia, adolescencia y juventud
dorada, fue mi papá. Ambos, aunque nunca volvieron
a tratarse, conservaron grato regusto de aquel periodo.
Ser hijo de quien soy favoreció la sintonía
cuando a media primavera del #+97, en céntrica avenida
de Bizarra Capital, abordé al personaje. Tras identificarme
inquirió el paradero de mi padre, así que debí
participarle la eventual residencia en el purgatorio del alter
ego de sus mocedades; entonces se enterneció y me llevó
a compartir, por el resto de sus días hábiles,
el tiempo, la emoción y la alacena, en lo que vino
a ser el penúltimo domicilio del ilustre varón.
Él quería morir en Zacatecas y, acaso por eso,
quiso vivir el ocaso donde hacen esquina Hidalgo y Juárez,
piso tercero, sin ascensor; el escenario perfecto para invocar
la fatalidad cardiovascular definitiva que, sin embargo, sobrevino
en México, D. F., lugar del que se evadía, incluso
a costa de un divorcio virtual.
Total que don Roberto devino anacoreta relativo. Su fama y
sencillez, atraían la atención lugareña
transfigurando el apartamento en una suerte de santuario
del poeta octogenario frecuentado por heteróclita
parroquia. Católicos de Pedro el Ermitaño y
jacobinos de época terciaria rivalizaron en los servicios,
litúrgicos y logísticos, del centro ceremonial
en que oficiaba el apóstol de la amistad.
Yo era como un diácono en aquel templo donde, por intercesión
del sumo sacerdote, me hice amigo instantáneo de mucha
feligresía. Por ejemplo, desde que pontificó
el Maestro: He aquí David, mi nuevo secretario,
quiero que se hagan amigos, es hora que perdura una
cálida camaradería, muy oportuna para la ocasión,
pues requiero el testimonio de esa especie de vicario del
efímero oratorio, llamado David Soraiz.
Compete a David adverar los pormenores de esta lírica
eucaristía, dado que participamos en la misma intimidad
al mismo tiempo; también Elsa, que como su nombre indica,
es un anagrama compuesto con las letras iniciales de su santa
madre y un servidor.
En la era de nuestro rapsoda, Elsa frisaba dos años
e iba a la maternal. Cuando pasaba a recogerla me pedía:
vamos con Roberto a jugar. David y yo nos fascinábamos
con aquella comunión del anciano y la chiquilla, que
culminó en una extraordinaria correspondencia onírica.
Sucede que una madrugada, escuché a la pequeña
exclamar mientras dormía: Roberto, Roberto.
En la mañana, cuando fui temprano a visitar al aludido
para reportar la anécdota, me adelantó esta
noticia: Anoche soñé con Elsa.
Así por el estilo, transcurrieron las breves semanas
que enlazan mi circunstancia y la de Roberto Cabral del Hoyo.

| En
familia. El poeta entre don Carlos (qpd) y Bernardo
del Hoyo. |
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| En
uno de tantos homenajes... |
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A
don Roberto en su cumpleaños
“Pi:
El Orden del Caos”
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