Miércoles 07 de Agosto de 2002
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Página de Los Temerarios
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Un día como hoy, pero de 1913, nació el entrañable poeta

A don Roberto en su cumpleaños

Roberto Cabral del Hoyo (1913-1999)

Enrique Salinas/IMAGEN

Don Roberto Cabral del Hoyo.

Sobra quien pueda presumir de amistad con Roberto Cabral del Hoyo, nada más sencillo, el hombre contemporizaba con cualquiera; lo constataron, desde uno que otro mandatario de la Suave Patria hasta el hijo del vecino.
Yo, por mencionar un caso, fui el último de sus íntimos, dicho sea sin metáfora ni hipérbole. El azar me destinó a convivir los tres meses terminales en la existencia activa del poeta, la cual concluyó con un homenaje nacional que resultó bardicida.
Durante cien días, tuve el privilegio de aquilatar en directo el destello postrimero de una celebridad local, cuya trayectoria ignoro formalmente aunque, de alguna manera, le conocí desde niño; pues da la casualidad que su primer gran amigo de infancia, adolescencia y juventud dorada, fue mi papá. Ambos, aunque nunca volvieron a tratarse, conservaron grato regusto de aquel periodo.
Ser hijo de quien soy favoreció la sintonía cuando a media primavera del #+97, en céntrica avenida de Bizarra Capital, abordé al personaje. Tras identificarme inquirió el paradero de mi padre, así que debí participarle la eventual residencia en el purgatorio del alter ego de sus mocedades; entonces se enterneció y me llevó a compartir, por el resto de sus días hábiles, el tiempo, la emoción y la alacena, en lo que vino a ser el penúltimo domicilio del ilustre varón.
Él quería morir en Zacatecas y, acaso por eso, quiso vivir el ocaso donde hacen esquina Hidalgo y Juárez, piso tercero, sin ascensor; el escenario perfecto para invocar la fatalidad cardiovascular definitiva que, sin embargo, sobrevino en México, D. F., lugar del que se evadía, incluso a costa de un divorcio virtual.
Total que don Roberto devino anacoreta relativo. Su fama y sencillez, atraían la atención lugareña transfigurando el apartamento en una suerte de “santuario del poeta octogenario” frecuentado por heteróclita parroquia. Católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos de época terciaria rivalizaron en los servicios, litúrgicos y logísticos, del centro ceremonial en que oficiaba el apóstol de la amistad.
Yo era como un diácono en aquel templo donde, por intercesión del sumo sacerdote, me hice amigo instantáneo de mucha feligresía. Por ejemplo, desde que pontificó el Maestro: “He aquí David, mi nuevo secretario, quiero que se hagan amigos”, es hora que perdura una cálida camaradería, muy oportuna para la ocasión, pues requiero el testimonio de esa especie de vicario del efímero oratorio, llamado David Soraiz.
Compete a David adverar los pormenores de esta lírica eucaristía, dado que participamos en la misma intimidad al mismo tiempo; también Elsa, que como su nombre indica, es un anagrama compuesto con las letras iniciales de su santa madre y un servidor.
En la era de nuestro rapsoda, Elsa frisaba dos años e iba a la maternal. Cuando pasaba a recogerla me pedía: “vamos con Roberto a jugar”. David y yo nos fascinábamos con aquella comunión del anciano y la chiquilla, que culminó en una extraordinaria correspondencia onírica.
Sucede que una madrugada, escuché a la pequeña exclamar mientras dormía: “Roberto, Roberto”. En la mañana, cuando fui temprano a visitar al aludido para reportar la anécdota, me adelantó esta noticia: “Anoche soñé con Elsa”.
Así por el estilo, transcurrieron las breves semanas que enlazan mi circunstancia y la de Roberto Cabral del Hoyo.

En familia. El poeta entre don Carlos (qpd) y Bernardo del Hoyo.

En uno de tantos homenajes...

A don Roberto en su cumpleaños

“Pi: El Orden del Caos”


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