Barba
Azul y las mujeres
Aurora
Cervantes Rodríguez
Este
octubre del 2002, la ciudadanía de las mujeres mexicanas,
cumple 49 años de existencia, que se inauguró
con su derecho a votar y ser votadas. La percepción
repentina que asalta de pronto la conciencia, esa certidumbre
de que otras mujeres, nuestras antepasadas pudieron haber
vivido sin lo que a nosotras parece tan natural como respirar:
el status jurídico de igualdad ante la ley que se
sintetiza en el derecho a votar, resulta tan chocante como
la absurda idea de concebir a nuestro género como
inferior al masculino.
Me hace recordar la sensación de absurdo que sentí
en la infancia cuando escuché el cuento llamado Barba
Azul, el cual narra la historia de una joven y curiosa
recién casada, a la que su marido prohibió
abrir una de las puertas de su propia casa en ausencia de
él, en un alarde de autoritarismo y superioridad
jerárquica cuyo desacato pretendió el tirano
castigar con la muerte. Una sensación ambivalente
de miedo con audacia, de impulsos contradictorios a la obediencia
y a la rebeldía.
La joven del cuento, decidió abrir la puerta, metáfora
de la propia subjetividad, en la que radican todas las virtudes
y defectos, los ángeles y demonios de los seres humanos.
Entonces el miedo obnubiló su razón y dejó
a esta joven mujer expuesta a la violencia de Barba
Azul, también metáfora del depredador
interno que todos llevamos dentro. El induce a las mujeres
a la obediencia ciega o a la imposibilidad de establecer
vínculos con otros; o bien a renegar de su esencia
femenina y a transformarla en una masculinidad patética,
como disfraz que le permita disfrutar de privilegios
masculinos; en los hombres lleva a negar en si mismos la
existencia de rasgos culturalmente entendidos como femeninos,
lo convierte en depredador de sí mismo y de los demás.
La mujer del cuento, para vencer su miedo, llamó
a sus hermanas en su auxilio y ellas a su vez llamaron a
los hermanos, y ellos mataron a Barba Azul y dejaron sus
despojos a los buitres. Moraleja: un depredador puede convertirse
en su contrario: en víctima. Este cuento infantil,
como todos los demás es un conjunto de metáforas
que van directo al inconsciente: las hermanas con su fuerza
femenina y los hermanos vigorosamente masculinos están
fundidos en la psique de las mujeres y en ésta, la
cual la dulzura no niega la valentía, ni la objetividad
y frialdad de juicio se convierte en cinismo en tanto no
aniquila los ideales de vida, de valores éticos y
morales o la certeza y confianza en ser digna, justa, solidaria
y enérgicamente guerrera a la hora de defender las
propias convicciones.
Este aniversario del voto femenino en Zacatecas, se vio
felizmente celebrado con la conferencia de Elena Poniatowska
sobre la Literatura Testimonial. Elena y su voz dulce y
modulada fortalecen la convicción, siempre revisada,
cuestionada y por fin siempre innovada de un feminismo femenino
bien asentado, en el que aparece con mayor fuerza la certeza
de que el género y sus diferencias es al fin y al
cabo igualdad en la condición humana. En este feminismo
femenino es fácil comprender que el otro género,
el masculino, es al fin de cuentas la completud, no el enemigo.
Es diferente en género pero igual en humanidad.
Elena, feminista, traduce con su voz el alma masculina (humana)
del médico y el rescatista o del hermano quien, en
el terremoto que destruyó tantas vidas, con ternura
quitó los clavos del ataúd que pudieran herir
los cuerpos de su familia muerta. Entonces comprendemos
que igual es el dolor entre los géneros, igual el
amor y la muerte; igual la ira y los demonios de Barba Azul,
esos depredadores del alma humana, los que matan la iniciativa,
la curiosidad, la libertad. Esos no establecen diferencias
entre los géneros.
Muchas mujeres dirán que esto es cierto. Hay igualdad
entre los géneros, pero no en política, territorio
aún vedado para muchas mujeres. Aquí radica
la polémica de género que gira en torno al
acceso de las mujeres a puestos de poder político.
Ciertamente hay pocas mujeres en posiciones políticas
o administrativas. ¿Por qué será así?
Me parece que esto pudiera deberse al síndrome
de Barba Azul. Quizá él esté
fundido en la psique de muchas mujeres y hombres, y los
induzca a negar el derecho, la capacidad de innovar la política
desde el alma femenina, dispuesta a curar pero no a herir,
a construir vínculos con otros, pero no a aniquilar
a otros, a defender convicciones pero no a hacer la guerra
fratricida.
La política, vista desde la conciencia colectiva,
aparece como una actividad netamente masculina, como tendencia
a destrozar al oponente. Es la psicología del guerrero
o del cazador, no de la curandera o labradora. Cuando los
políticos, hombres y mujeres tienen el síndrome
de Barba Azul, privilegian la política de aniquilación
del contrario, cancelan así la posibilidad de innovarla
y reconsiderar sus postulados que (lo hemos visto hasta
el cansancio) han llevado a México por un camino
lleno de abrojos.
La política pudiera reinventarse desde la psique
femenina, y eso le daría la riqueza humana necesaria
para que la equidad entre los géneros completara
su misión. Si no fuera así, en algún
tiempo comprobaremos que no hemos cumplido, y que Barba
Azul, por fin, venció.
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