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Jueves 28 de Agosto de 2003
 
 

Divisiones

Aurora Cervantes*

Acabo de ver desde la ventana, el rojo esplendor del planeta Marte. Verdaderamente impresiona. Mañana miércoles estará más cerca de la tierra que nunca en decenas de años... El caso es que el planeta que lleva el nombre del dios griego de la guerra está muy cerca de nosotros. Dirían los esotéricos que esa cercanía explica las divisiones, desacuerdos, malas vibras o como se diga de las rivalidades al interior de cuanta institución exista en este país, sobre todo al interior de los partidos políticos y del llamado gabinetazo de nuestro Presidente Fox.
Sería interesante saber como andan las divisiones en la mayoría de las familias mexicanas para de ello inferir que sí es el planeta Marte el culpable. Así los seres humanos no serían responsables de su maldad y sus traiciones. Pero sea Marte o no, el caso es que esas divisiones en los institutos políticos o en las instituciones públicas, nada abonan al crecimiento y desarrollo de la democracia como forma de conducir la vida pública. Ante los ciudadanos, esas instituciones divididas generan una gran desconfianza.
¿Cómo confiar en un grupo de seres humanos asociados en torno a lo que suponemos son sus principios básicos, entre los cuales necesariamente debe estar la lealtad al interior de su organización, y que luego sacrifican a los suyos como si fueran mercancía barata? ¿Cómo confiar en los políticos si luego se convierten en espías telefónicos que violan el derecho a la privacidad protegido por nuestra Carta Magna?
¿Quiénes intervinieron el teléfono privado de la maestra Elba Esther Gordillo? ¿Serían los propios priístas? ¿A quiénes beneficia el panfleto cuyo contenido recién sale a los medios de comunicación? ¿A quiénes beneficia el desprestigio de un ser humano llamado Elba Esther? Ese documento ¿lo firmará alguien o será anónimo? Son muchas preguntas y ninguna respuesta, pero de cualquier manera la más elemental ética política indica que eso está muy pero muy mal.
Tal parece, como bien lo dijo el Dr. Ezequiel Ander - Egg en su reciente Seminario sobre Educación y Globalización, que en estos tiempos de desarrollo tecnológico a los seres humanos nos hace falta un suplemento de alma. Hemos llegado a conocer los secretos de nuestra galaxia, hemos llegado a develar los secretos del genoma humano (y los de algunas conversaciones privadas) pero aún no hay nadie en este planeta que salve del hambre y la miseria a millones de seres humanos, aún contando con la tecnología necesaria para hacerlo.
En cambio, sigue siendo usual en la historia de la humanidad, la práctica del “divide y vencerás”, la viejísima máxima que nunca pierde su vigencia. La división siempre pone en entredicho la identidad de los grupos, aunque luego todos pierdan.
Quizá una explicación de las divisiones (si no fueran por la influencia de Marte) sea la pérdida de identidad grupal. Está faltando ese cemento que cohesiona a los individuos, que pudiera ser un proyecto de país, la pasión por luchar en nombre de unos ideales, y no en cambio por unos intereses particulares de poder. A los que somos observadores de la conducción política, nos da la impresión de ser en el escenario público, meras piezas de ajedrez, sacrificables fácilmente para lograr un jaque mate al rey en turno.
¿Qué podemos esperar? Más y más desconfianza si la oferta política sigue con esas características. Definitivamente la desconfianza no genera un campo fértil para la democracia. Ya se expresó en las urnas en las pasadas elecciones intermedias: abstencionismo puede ser un sinónimo de desconfianza en el sistema político que nos rige. Sin embargo, hay una posible salida de esta situación, pero ella pasa por las acciones individuales que emprendan los representantes populares recién electos. Si se mantienen en contacto frecuente con sus electores, si actúan conforme a los idearios de sus respectivos partidos, con un compromiso inviolable de defender el Estado de Derecho y con los ciudadanos a quienes representan, la confianza volvería a vivir entre los mexicanos.
Hay que esperar contra toda esperanza que la política cambie su rostro pragmático por uno patriótico. Por lo pronto, hay que adjudicarle las culpas al dios de la guerra, a la influencia de los astros, para liberar a los políticos de culpas y traiciones. Pero también hay que desear que quienes toman la estafeta en el Congreso de la Unión se apasionen con lo que compete a su función: representar con dignidad a quienes los eligieron; ingeniárselas para convertir sus exigencias en leyes y algo que mucha falta hace para fortalecer la confianza: vigilar y sancionar los actos indebidos de gobierno. Premisa, todo esto, para producir lo que nos falta: cooperación, que habrá que poner por encima de toda división.

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