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Sábado 15 de Enero de 2005

El placer de dar la mano

Algunos lo anuncian con bombo y platillo. Otros, los más, prefi eren el anonimato. Prefi eren tan sólo llegar y entregar, sólo porque su gran corazón los mueve o bien, para expiar sus culpas.
Pero el altruismo no se nos da a todos, aunque en algún momento hemos decidido ayudar, ya sea al obsequiar una moneda, regalar ropa o juguetes que ya no nos son de utilidad, o simplemente dar “un taco” a quien lo pide. “No es porque se tenga un mal corazón o porque reneguemos de la vida”, dice don Ramiro Castro, al momento que compraba un chicle a un niño que insistente, le ofrecía mercancía “porque casi no había vendido nada”.
“Es por las ocupaciones que todo mundo tenemos, el continuo ir y venir, la preocupación de arrimar algo de comer a la casa, el constante estrés al que estamos sometidos, no tenemos tiempo de preocuparnos por los demás y terminamos por dejarle el trabajo al gobierno, que él sea el que ayude”.
Ni siquiera dice, en “tiempos de ablandarse el corazón, sucede, a veces en Navidad anda la gente de dadivosa, pero no siempre se puede, llega uno a tener un dinerito extra y lo primero que piensa es cubrir los pendientes o comprarle algo bonito a la familia”.

Don Ramiro, con cuatro hijos y dedicado a la obra, rememora la Navidad pasada, cuando a un compañero suyo, luego que le pagaron la raya y algo más de aguinaldo, lo extravió en el camión urbano.
“Estaba desesperado, su familia confi aba en que llegaría con dinero para la cena de Noche Buena y algunos regalos para los hijos, es muy mi amigo, así que le presté unos pesos (no fue mucho, yo también tenía qué llevar a mi casa) y en Navidad, les llevamos unos pollos, son solos aquí, así que decidimos ayudarlos”.
Se cuestiona al mismo tiempo si eso no será altruismo, aunque esa palabra suena un tanto extraña para él “si ayudar a la gente es eso, yo sí lo hago, más con mis amigos si tengo el modo, pero así como hay gente que me puede regalar algo pa’ mí o mis hijos si no les sirve, yo también puedo, todavía hay gente más f regad a que uno”.
E n el constante ir y venir de todos los días, en cada esquina al cobijo de un portal, la gente se encuentra mendigos que claman una limosna. E l pa-norama es constante y muchos ya ni siquiera los miran. Otros, aunque se tarden, buscan una moneda, (tal vez la de menor denominación que traigan), y la depositan en la mano o en el vaso desechable que extienden los limosneros. Esas son las obras altruistas que se presentan a la sombra. De menores magnitudes, pero como dice don Ramiro, también es altruismo.
El sólo hecho de que te desprendas de algo tuyo, ya sea material o en forma de tiempo para darlo a los demás en este mar de angustias y prisa, ya es loable. Quienes lo realizan a la luz pública, integran asociaciones civiles que organizan diversas actividades como colectas, rifas y cenas-bailes, entre otras, para destinar lo recaudado a un sector de la población, por lo regular a niños y ancianos.
A estos eventos, acude la crema y nata de la sociedad, que saldrá publicada en los principales rotativos de la ciudad “yo no digo que no lo hagan de corazón, pero quien no dice que lo hacen para expiar alguna culpa, que bueno, eso se aplica a todos”, reconoce don Ramiro.

Otros, van casa por casa, piden algún objeto que pudiera servir a otros, desde ropa, hasta juguetes y comida no perecedera para conformar pequeñas despensas que luego, puedan ser entregadas en reuniones comunitarias.
“Esos no salen en el periódico, ponen de su dinero y su tiempo para ir a los domicilios a pedir apoyo, yo creo que a ellos los mueve que las condiciones en que viven son las mismas que los demás, sólo que tienen más iniciativa y no son tan egoístas”.
Algo similar opina la Madre Superiora Reyna López, directora del asilo de ancianos “La Divina Providencia” ubicado en Guadalupe. En él se albergan a 34 abuelos, de los cuales, de alrededor de 20 responden sus familiares, de ocho ya nadie se acuerda y del resto, no están en posibilidades de apoyar.
“Hay mucha gente sin nombre que nos ayuda, nos traen despensitas o ropa para ponerle a nuestros viejitos y con eso la vamos pasando, cuando se nos termina, compramos con lo de las aportaciones de los familiares”. Hay una persona, abundó que de manera mensual fi ja, aporta 50 pesos “otros han llegado a donar hasta 500, pero no es permanente el apoyo, pueden pasar meses sin que vuelvan a hacerlo”.
Pero de manera formal, insiste, recibe los donativos de 18 personas que aportan diversas cantidades “la mayoría aporta cinco, 10 o 20 pesos”.
La directora manifestó que el sueldo de 10 trabajadores que hay en el asilo, es solventado por el obispado y el consumo de agua potable es subsidiado por la Junta Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado de Zacatecas (JIAPAZ). Aparte, existen dos personas que apoyan de manera voluntaria “vienen y nos ayudan dos veces por semana y trabajan desde las nueve hasta las cinco, sin que se les pague nada”.
Así, a mediados de enero, María del Rosario Venegas Rodríguez, cumplirá dos años c o m o volunt a ria. Acude los lunes y viernes a atender a los ancianos “y si Dios me da salud, aquí seguiré”.
Chayito, como le dicen “sus niños”, comenta que ella no tiene promesa ni manda alguna y acude al asilo, sólo por gusto “ellos necesitan de mucho cariño, cuando jóvenes dieron mucho a sus familias, ahora es justo que alguien los atienda”. Se identifi ca con los ancianos porque dijo, quiso mucho a su abuelo quien cumplirá dos años de fallecido “yo lo cuidé hasta sus últimos días y jamás me pesó atenderlo, además yo pasaba muy seguido por este asilo y veía a todos los viejitos, así que decidí integrarme como voluntaria”.
Por conducto del sacerdote que le aplicó los santos óleos a su abuelo, logró su propósito. El sacerdote creía que quería ganar dinero, pero ella le aclaró que no “yo sólo quería venir a ayudar y cuando no vengo, es porque de plano no tengo ni para el camión”.

Radica en la comunidad de La Pimienta de esta capital, y debe cubrir cuatro camiones de ida y vuelta “ cuando hay oportunidad, le pido algunos vecinos que me apoyen, les traigo unos refrescos grandes y les doy de a probaditas a todos”.
Se dedica a cortarles el pelo, las uñas y a asearlos “cuando están enfermos yo los atiendo, si tienen vómito o diarrea, yo los cambio de ropa o pañal y no me da asco ni nada, los quiero mucho y ellos ya están acostumbrados a mí”.
Devota de la Virgen de Guadalupe y el Sagrado Corazón de Jesús, Chayito comenta que está muy agrad e c i d a por la oportunidad que le da la vida de convivir con los viejitos “quisiera también ayudar a los niños con cáncer, ya le dije a la madre superiora que cuando haya una visita me invite a ver si puedo ir”.
“Yo no soy buena, soy mala como todos, pero también tengo mi lado noble, mi esposo y mis hijas me apoyaron cuando le dije lo que pretendía y primero Dios, así voy a seguir”. La madre agradece a la gente que lleva donativos, ya sea en especie o de manera económica “son gente de buen corazón que se interesan por situaciones ajenas y disponen de un poco de sus bienes y su tiempo para ayudar”.
Por ello, dice, se ofrece diariamente una misa, en la que se pretende mencionar a los bienhechores, aunque no siempre tiene un nombre qué pronunciar “la mayoría de la gente, sólo viene y nos deja su apoyo, no nos dicen siquiera su nombre, pero tratamos de mencionarlos a la hora del rosario”. Tal vez, en efecto, algunos tengan cargos de conciencia que quieran exculpar. Quizás sean promesas o mandas que hayan hecho a algún santo por un favor recibido.
O sólo son personas de corazón generoso que, al tener el medio, han decidido desprenderse de algo valioso que también pueda servirle a los demás. “Pero el camino hacia el Señor, tiene muchas caras, tal vez piensen que así se ganarán el cielo, pero en tanto se lo ganen o no, ojalá sigan con esa decisión y benefi cien a mucha gente”, dijo don Ramiro.