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El
placer de dar la mano
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Algunos
lo anuncian con bombo y platillo. Otros, los más, prefi eren
el anonimato. Prefi eren tan sólo llegar y entregar, sólo
porque su gran corazón los mueve o bien, para expiar sus culpas.
Pero el altruismo no se nos da a todos, aunque en algún momento
hemos decidido ayudar, ya sea al obsequiar una moneda, regalar
ropa o juguetes que ya no nos son de utilidad, o simplemente
dar “un taco” a quien lo pide. “No es porque se tenga un mal
corazón o porque reneguemos de la vida”, dice don Ramiro Castro,
al momento que compraba un chicle a un niño que insistente,
le ofrecía mercancía “porque casi no había vendido nada”.
“Es por las ocupaciones que todo mundo tenemos, el continuo
ir y venir, la preocupación de arrimar algo de comer a la
casa, el constante estrés al que estamos sometidos, no tenemos
tiempo de preocuparnos por los demás y terminamos por dejarle
el trabajo al gobierno, que él sea el que ayude”.
Ni siquiera dice, en “tiempos de ablandarse el corazón, sucede,
a veces en Navidad anda la gente de dadivosa, pero no siempre
se puede, llega uno a tener un dinerito extra y lo primero
que piensa es cubrir los pendientes o comprarle algo bonito
a la familia”.
Don
Ramiro, con cuatro hijos y dedicado a la obra, rememora la
Navidad pasada, cuando a un compañero suyo, luego que le pagaron
la raya y algo más de aguinaldo, lo extravió en el camión
urbano.
“Estaba desesperado, su familia confi aba en que llegaría
con dinero para la cena de Noche Buena y algunos regalos para
los hijos, es muy mi amigo, así que le presté unos pesos (no
fue mucho, yo también tenía qué llevar a mi casa) y en Navidad,
les llevamos unos pollos, son solos aquí, así que decidimos
ayudarlos”.
Se cuestiona al mismo tiempo si eso no será altruismo, aunque
esa palabra suena un tanto extraña para él “si ayudar a la
gente es eso, yo sí lo hago, más con mis amigos si tengo el
modo, pero así como hay gente que me puede regalar algo pa’
mí o mis hijos si no les sirve, yo también puedo, todavía
hay gente más f regad a que uno”.
E n el constante ir y venir de todos los días, en cada esquina
al cobijo de un portal, la gente se encuentra mendigos que
claman una limosna. E l pa-norama es constante y muchos ya
ni siquiera los miran. Otros, aunque se tarden, buscan una
moneda, (tal vez la de menor denominación que traigan), y
la depositan en la mano o en el vaso desechable que extienden
los limosneros. Esas son las obras altruistas que se presentan
a la sombra. De menores magnitudes, pero como dice don Ramiro,
también es altruismo.
El sólo hecho de que te desprendas de algo tuyo, ya sea material
o en forma de tiempo para darlo a los demás en este mar de
angustias y prisa, ya es loable. Quienes lo realizan a la
luz pública, integran asociaciones civiles que organizan diversas
actividades como colectas, rifas y cenas-bailes, entre otras,
para destinar lo recaudado a un sector de la población, por
lo regular a niños y ancianos.
A estos eventos, acude la crema y nata de la sociedad, que
saldrá publicada en los principales rotativos de la ciudad
“yo no digo que no lo hagan de corazón, pero quien no dice
que lo hacen para expiar alguna culpa, que bueno, eso se aplica
a todos”, reconoce don Ramiro.
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Otros,
van casa por casa, piden algún objeto que pudiera servir a
otros, desde ropa, hasta juguetes y comida no perecedera para
conformar pequeñas despensas que luego, puedan ser entregadas
en reuniones comunitarias.
“Esos no salen en el periódico, ponen de su dinero y su tiempo
para ir a los domicilios a pedir apoyo, yo creo que a ellos
los mueve que las condiciones en que viven son las mismas
que los demás, sólo que tienen más iniciativa y no son tan
egoístas”.
Algo similar opina la Madre Superiora Reyna López, directora
del asilo de ancianos “La Divina Providencia” ubicado en Guadalupe.
En él se albergan a 34 abuelos, de los cuales, de alrededor
de 20 responden sus familiares, de ocho ya nadie se acuerda
y del resto, no están en posibilidades de apoyar.
“Hay mucha gente sin nombre que nos ayuda, nos traen despensitas
o ropa para ponerle a nuestros viejitos y con eso la vamos
pasando, cuando se nos termina, compramos con lo de las aportaciones
de los familiares”. Hay una persona, abundó que de manera
mensual fi ja, aporta 50 pesos “otros han llegado a donar
hasta 500, pero no es permanente el apoyo, pueden pasar meses
sin que vuelvan a hacerlo”.
Pero de manera formal, insiste, recibe los donativos de 18
personas que aportan diversas cantidades “la mayoría aporta
cinco, 10 o 20 pesos”.
La directora manifestó que el sueldo de 10 trabajadores que
hay en el asilo, es solventado por el obispado y el consumo
de agua potable es subsidiado por la Junta Intermunicipal
de Agua Potable y Alcantarillado de Zacatecas (JIAPAZ). Aparte,
existen dos personas que apoyan de manera voluntaria “vienen
y nos ayudan dos veces por semana y trabajan desde las nueve
hasta las cinco, sin que se les pague nada”.
Así, a mediados de enero, María del Rosario Venegas Rodríguez,
cumplirá dos años c o m o volunt a ria. Acude los lunes y
viernes a atender a los ancianos “y si Dios me da salud, aquí
seguiré”.
Chayito, como le dicen “sus niños”, comenta que ella no tiene
promesa ni manda alguna y acude al asilo, sólo por gusto “ellos
necesitan de mucho cariño, cuando jóvenes dieron mucho a sus
familias, ahora es justo que alguien los atienda”. Se identifi
ca con los ancianos porque dijo, quiso mucho a su abuelo quien
cumplirá dos años de fallecido “yo lo cuidé hasta sus últimos
días y jamás me pesó atenderlo, además yo pasaba muy seguido
por este asilo y veía a todos los viejitos, así que decidí
integrarme como voluntaria”.
Por conducto del sacerdote que le aplicó los santos óleos
a su abuelo, logró su propósito. El sacerdote creía que quería
ganar dinero, pero ella le aclaró que no “yo sólo quería venir
a ayudar y cuando no vengo, es porque de plano no tengo ni
para el camión”.
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Radica
en la comunidad de La Pimienta de esta capital, y debe cubrir
cuatro camiones de ida y vuelta “ cuando hay oportunidad,
le pido algunos vecinos que me apoyen, les traigo unos refrescos
grandes y les doy de a probaditas a todos”.
Se dedica a cortarles el pelo, las uñas y a asearlos “cuando
están enfermos yo los atiendo, si tienen vómito o diarrea,
yo los cambio de ropa o pañal y no me da asco ni nada, los
quiero mucho y ellos ya están acostumbrados a mí”.
Devota de la Virgen de Guadalupe y el Sagrado Corazón de Jesús,
Chayito comenta que está muy agrad e c i d a por la oportunidad
que le da la vida de convivir con los viejitos “quisiera también
ayudar a los niños con cáncer, ya le dije a la madre superiora
que cuando haya una visita me invite a ver si puedo ir”.
“Yo no soy buena, soy mala como todos, pero también tengo
mi lado noble, mi esposo y mis hijas me apoyaron cuando le
dije lo que pretendía y primero Dios, así voy a seguir”. La
madre agradece a la gente que lleva donativos, ya sea en especie
o de manera económica “son gente de buen corazón que se interesan
por situaciones ajenas y disponen de un poco de sus bienes
y su tiempo para ayudar”.
Por ello, dice, se ofrece diariamente una misa, en la que
se pretende mencionar a los bienhechores, aunque no siempre
tiene un nombre qué pronunciar “la mayoría de la gente, sólo
viene y nos deja su apoyo, no nos dicen siquiera su nombre,
pero tratamos de mencionarlos a la hora del rosario”. Tal
vez, en efecto, algunos tengan cargos de conciencia que quieran
exculpar. Quizás sean promesas o mandas que hayan hecho a
algún santo por un favor recibido.
O sólo son personas de corazón generoso que, al tener el medio,
han decidido desprenderse de algo valioso que también pueda
servirle a los demás. “Pero el camino hacia el Señor, tiene
muchas caras, tal vez piensen que así se ganarán el cielo,
pero en tanto se lo ganen o no, ojalá sigan con esa decisión
y benefi cien a mucha gente”, dijo don Ramiro.
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