Objetividad Sexenal: despedida australiana en Vietnam
Francisco Murillo Belmontes
Solipsismo es una forma radical de subjetivismo, según la cual, sólo existe o sólo puede ser conocido el propio yo. Se trata de una creencia metafísica que implica una falta de comprensión que proviene de la dificultad de apreciar completamente grandes escalas. Puede significar también la imposibilidad de conocer la realidad objetiva de manera consistente.
Tales son algunos de los diversos significados que a propósito del concepto solipsismo nos aportan los diccionarios, para traducirnos las extrañas condiciones que operan para que una persona que proyecte impresión de cabal conciencia de sus actos, niegue no obstante la existencia de realidades tangibles que los demás sí perciben, sin que aquélla repare que tal realidad está presente.
Al sexenio del Presidente Fox le restan escasos 22 días de gloria o de pena, según el prisma de grata subjetividad, o de ingrata objetividad con que los sujetos observantes, observen la realidad tangible, el estado de resultados que ha dejado el gobierno del cambio, que llegó decidido a instalar la caja de velocidades de una democracia sin reversa, y cuyos caballos de fuerza, sólo impulsarán hacia adelante, bajo el liderazgo del intrépido equino llamado “el 2 de julio”, que ya impaciente espera la monta definitiva, ya inseparable del amo, al rítmico trote del deber cumplido, por los acogedores parajes del rancho San Cristóbal, pedacito de patria de San Francisco del Rincón.
Así pues, alejados de solipsismos, lo crudamente objetivo es que el Congreso de la Unión debe dar cumplimiento sin dilación alguna, a la solicitud formulada por nuestro Primer Mandatario Vicente Fox, para que no le regateen el permiso para ausentarse del territorio nacional nada más del viernes 10 al domingo 19 de este noviembre en que el 20 se desvela la placa inaugural del no desfile deportivo por la plancha del Zócalo metropolitano, nomás por el gusto de no ponerse el abombachado gorro de chef y con enfado condimentar estofado ajeno.
Y es que con objetividad presidencial, el titular del Poder Ejecutivo es reclamado para que asista al cercano Vietnam a la Cumbre de la Reunión de Líderes del Mecanismo de Cooperación Asia-Pacífico, conocida por las siglas APEC, porque los dirigentes de los países asiáticos, sufren de una ansiedad del tamaño de su insomnio y cuentan las horas que faltan para escuchar los pormenores de la milagrosa experiencia mexicana en viva voz de nuestro señor Presidente.
Pero objetivamente, ya estando por aquellos lares, resulta inaplazable que el Jefe de Estado suscriba convenios ventajosos con el gobierno de Australia, cuya población, en idiosincrasia, usos y costumbres, es tan sorprendentemente parecida a la de Guanajuato, y por eso no debe desaprovecharse la oportunidad de que podamos importar un pie de cría de canguros, que en tierras de nuestro bajío no extrañarán para nada, los picudos montes nevados de los Alpes australianos.
Aplicando su talento natural para hacer negocios, nuestro Secretario de Economía puede muy bien cerrar esta exitosa adquisición ambientalista, facturada en favor de la diversidad de nuestra fauna silvestre, antes de que llegue el fatídico 30 de noviembre, fin de un sexenio imposible de olvidar.
¿Quién, juiciosamente podría oponerse a este viaje que para los habitantes de la República es ventajoso por donde se le mire? La respuesta la ha dado muy bien y a tiempo el señor Presidente Fox: “sólo los timoratos, aquéllos que critican desde la barrera, los pesimistas o los violentos que tiran piedritas o bombitas en el camino de México. O los que con mirada corta magnifican el conflicto en Oaxaca, y el saldo de las 14 muertes ocurridas en los casi 6 meses en que con gruesos alfileres de acero inoxidable se sostiene prendida aquella situación que los exagerados le llaman ingobernabilidad y repudio total, pero no comprobado, y que los malignos le achacan al popular gobernante Ulises Ruiz”.
Con humilde objetividad, el señor Presidente Fox ya diplomó su actuación de estadista: pidió ser recordado como el Presidente que solucionó esas peleas entre hermanos, que trajo paz al campo para inaugurar una nueva era de prosperidad. Certificó que su señora esposa fue uno de los grandes encuentros de este sexenio. Pero, autocrítico, reconoció que a la señora Marta le ha tocado bailar con la más fea y, sin embargo, ha tenido la entereza, ha tenido la fibra interior de los valores para salir adelante. No obstante, muchos ciudadanos contagiados de la simpleza subjetiva del solipsismo, pensamos que don Vicente y doña Marta, es lo menos que podían hacer por nosotros: justamente eso que dicen ellos que hicieron, porque a fin de cuentas, para eso son y seguirán siendo hasta el último minuto de este tránsfuga noviembre, “la pareja presidencial”.
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