Historia un romance intermilenario Encuentro de un encuentro
Había una vez, en un país muy lejano, una linda joven núbil, un gallardo galán,
y yo, que pasaba por ahí...
Enrique Salinas IMAGEN
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Esta es la historia un encuentro intermilenario, cuya crónica concierne las efemérides amorosas y constituye, quizá, el primer romance cibernético del siglo XXI, al menos en Bélgica.
Existen incluso vestigios documentales, como los que ilustran esta página, sin ir más lejos.
Son un par de cartones, formato en cuadro de 9 cm., género desechable, mismos que normalmente se utilizan para proteger a las mesas de los vasos y viceversa, o bien para anotaciones varias según las necesidades de clientes y meseros, en bares, cafés y restaurantes como La Bastoche.
El patrocinio lo acredita Stella Artois, “la cerveza del país de la cerveza”, marca registrada que viene siendo en Bélgica, como la Corona en Zacatecas.
Al frente de cada plaqueta, impreso sobre fondo caoba, un colorido póker de reyes en baraja americana preside una composición, donde los cuatro monarcas comparten la misma carta: el naipe de corazones; las otras tres casillas reales, están vacías.
Un discreto filacterio, a lo largo del borde inferior, transmite la invitación espirituosa que culmina, en el ángulo derecho, con la sugestiva imagen del producto.
Al reverso, coordenadas manuscritas sobre fondo blanco, permiten ubicar a los actores principales del mencionado romance en el que, dicho sea de paso, me tocó figurar como único comparsa.
La versión oficial de los hechos indica que: había una vez, en un país muy lejano, una linda joven núbil, un gallardo galán, y yo, que pasaba por ahí.
Ella, tiene casi 18 años y los cabellos castaños, espíritu sensitivo e inclinaciones literarias, usa lentes, estudia informática, adora la canción francesa y aún cree en la especie humana. Practica el nado libre, quisiera recorrer el mundo y conocer a alguien con quien descubrir el amor.
Él, es rubio, tímido y frisa los 22. Juega tenis, le gusta leer, meditar y escuchar música. Recién graduado, le inquieta el sentido de la existencia y propone el amor como terapia. Estima que los viajes ilustran y espera sintonizar su alma gemela.
Ella y él nunca se han visto, residen en sendas ciudades belgas cercanas a la capital, pero hacia rumbos opuestos. Cierto día, traveseando por la red, aventuraron un click e internaúticos azares enlazaron sus respectivos e-mail en un chat de simpatía instantánea.
Pronto, la atracción virtual devino deseo de contacto real, así que se citaron en un punto equidistante, frente al cementerio de Ixelles, en el barrio universitario de Bruselas.
Para reconocerse, ella llevaría una rosa roja; él, una amarilla. Yo, sin que nadie lo supiera, también era parte del programa.
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Ella llegó temprano a La Bastoche, la primera tarde del año 1; yo ocupaba un ángulo del fondo, atento al inminente desenlace de Asesinato en Oxford.
De improviso, justo cuando el inspector Morse iba a demostrar la perversidad de otro académico oxoniense, un súbito imperativo magnético me sustrajo a Colin Dexter, distrajo las ganas de leer, y atrajo la efervescencia ambulante que cruzaba el local enarbolando, a guisa de aguja imantada, una flor escarlata.
Intenté volver a la novela y no hubo modo. Esgrimiendo su brújula floral, la muchacha enfiló sonriente hacia mí y procedió a instalarse en la mesa vecina (supe más tarde, que la cita era en ese preciso rincón).
Enseguida, pidió le alcanzara la carta y, casi sin consultarla, la devolvió para preguntarme qué leía. En ese momento apareció el joven caballero de la rosa amarilla, y el encuentro del encuentro hubo lugar.
Ella y él se identificaron tan discretamente, que ni me percaté.
Maud, Cédric y un servidor, nos presentamos sin mayor trámite, ipso facto canjeamos direcciones (al dorso de las famosas cartulinas) e improvisamos con espontánea naturalidad una tertulia, en el curso de la cual me enteré del noviazgo electrónico y la condición primigenia del evento.
El coloquio fluyó sin cortapisas y hablamos de la vida y de la muerte, amor y odio, todo y nada, bien y mal. Fue como si el destino apadrinase las gentiles nupcias, conmigo como vicario oficiante.
Al paso del tiempo, la charla tomó derroteros más íntimos y estimuló la elocuencia. Lágrimas y risas, exclamaciones y hasta alguna copa derramada al calor de la expresión corporal, franquearon la confianza.
Poco a poco, la conversación devino confidencia terapéutica; el inconsciente se dio vuelo y experimentamos una catarsis colectiva de rara intensidad.
Sigilo y espacio, vedan un relato al pormenor de los traumas liberados en esa comunión, durante la que se externaron opiniones, obsesiones y otras fantasías impublicables. Yo mismo, sin ir más lejos, saqué a relucir escozores enquistados.
A esas alturas, como mi agenda registraba un desfalco de tres horas, anuncié el retiro.
Entonces, él creyó oportuno confesarnos que Cédric era sólo un alias electrónico de Régis. Ella, entre sorprendida y aliviada, aprovechó para reconocer que Maud, era el seudónimo digital de Natalie (sin h).
Enmendados los cartones directorio, y consumada con ello la purificación del enlace, nos despedimos tal vez para siempre jamás. |