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Viernes 17 de Agosto de 2007

Carta de Berlín

Sueños controladores

Carlos Alberto Arrellano Esparza

Días atrás, en la ciudad alemana de Magdeburgo, fueron encontrados documentos que datan de 1973, cuyo contenido es, palabras más palabras menos, la expresa orden de tirar a matar a aquél que se atreviese -mujeres y niños incluidos- a intentar escapar hacia el oeste. Las órdenes fueron giradas por el Ministerio para la Seguridad del Estado de la antigua República Democrática Alemana, mejor conocida por sus siglas en alemán, la STASI, entre los más infames servicios de inteligencia del mundo, emblema, junto a la KGB soviética, de los regímenes totalitarios, del atropello de los derechos humanos, de la negación de cualquier tipo de libertad. Redes de informantes, espionaje, chantaje, y un largo rosario de actividades no menos conspicuas. Apunte al calce: de todo esto da cuenta fiel la película alemana “La vida de los otros”, altamente recomendable.
Pero a lo que iba; naturalmente esto no es novedad y el conocer estos documentos no cambia absolutamente nada: no remedia las atrocidades cometidas, ni finca responsabilidades (el documento no tiene firma autógrafa), ni alivia la psique de una nación con un fardo moral poco deseable. Evidencia de lo ya sabido, individuos, organismos, estados: todos aspirando al control total y omnipresente. Y a costa de lo que sea.
La tentación no es banal. ¿A quién no le apetece saber lo que hace el vecino cuando se refugia en sus cuatro paredes? A tal o cual amigo o enemigo, en el delirio no hay distinción, ¿qué dirá de mi? ¿Confabulará algo? ¿Será en mi contra? Anticipárseles, sorprenderlos en flagrancia, manipularles. Con el gastado como estúpido pretexto de ser garantes de nuestra seguridad, de protegernos de los villanos en turno, los individuos y/o estados policiales erosionan gravemente la confianza y propician un ambiente cargado de suspicacias, duplicidades, traiciones, apuñalamientos por la espalda.
Muchas muertes ha costado llegar hasta nuestro estadio actual y gozar de tanta libertad como para hacer y decir como a uno mejor le convenga o le apetezca siempre con absoluto e irrestricto respeto por el prójimo en su individualidad y privacía. Ceder a la tentación del control, del dominio, contraviene siglos de esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas. A esos, ni el beneficio de la duda habrá que darles. Porque el que delira con sueños de control absoluto no revela otra cosa que no sea su bajeza moral y su miserable y achatado ego.

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